Ayer volví

Ayer volví a salir con Da-T.

He de reconocer que la rutina me está ganando, y las cosas importantes ya no las valoro como debería. Me he olvidado de las personas que viven en la calle. Y ellas quizá de mí no. Las estoy dejando de lado porque necesito estudiar, trabajar, dormir, celebrar, irme de birras…

Ayer conocí la ruta de Bertrán, a V. y a C.. V. me dejó más que impresionado. Lleva cuatro años en la calle. Estuvo trabajando, pero tuvo que dejarlo por motivos de salud. Ahora se dedica a formarse, él solo, de forma autodidacta. Hace cursos de informática, se va a la biblioteca pública a leer… se organiza para no aburrirse. Pero claro, tiene 50 años y ya nadie quiere a un viejo de 50 años.

Luego está C., que cumple 25 años el mes que viene, concretamente el 10. ¡25 años! Y vive en la calle. V. es como su protector, aunque se ve que no sabe qué hacer con él y no está contento. V. conoce a la madre de C.. Dice que es buena persona, pero no puede encargarse del chaval.

Ayer, después de Da-T, al llegar a casa, alcancé la nevera. Vi que tenía pollo rebozado en una bandeja. Cogí dos trozos, les añadí algo de arroz que mi madre había cocinado por la mañana, lo calenté en el microondas, y me senté a cenar. Yo solo. En mi cocina. Con un plato de comida caliente. Y di gracias.

Esa tontería, esa simplicidad no la tienen aquellas personas con las que había pasado la tarde. Algo tan normal como lo que estaba haciendo esa misma noche era un auténtico privilegio. De verdad. Caí en la cuenta de que algo tan cotidiano, tan normal, esas personas, y repito, personas, no lo tienen. Me estaba dando cuenta de que era un maldito privilegio.

Y me había olvidado de ellos. Me había olvidado de todos ellos. De uno, y luego otro, y otro, y otro… y así hasta contar los cientos de personas que viven en las calles de Barcelona.

IB

Advertisements

Carta de un indiferente

Yo, que paso como la sombra por la acera, sin hacer ni hacerme huella.

Que hablo, río, sueño.

Que a veces duelo, lloro, sufro.

Yo, que ando por tu lado y no te veo, que no escucho tu pena, tu dolor, tu sufrimiento. Que pienso que la vida es fácil porque la mía lo ha sido, que tienes otras opciones y no las escoges porque no quieres, por pereza o por desidia. Que confío en que otros ayuden donde yo no quiero ayudar, que pienso que lo que sienten y viven los hermanos no es cosa mía. Que creo que voy a salir indemne de las injusticias de las que soy cómplice.

Me equivoco.

Me equivoco cuando pienso que no saber excusa mi indiferencia, que el egoísmo y la comodidad son razón suficiente para mi falta de Caridad. Me equivoco cuando soy incapaz de reconocerme en los que sufren, cuando pienso que con lo mío ya tengo bastante, cuando aprovecho diferencias creadas, la raza, la religión, el partido político, para justificar injusticias.

No quiero seguir siendo indiferente. No quiero ser pasivo ante tu dolor. No quiero ser otra puerta cerrada, una mirada que se desvía, un silencio anclado en su comodidad.

La próxima vez que pase por tu lado, me miraré en tus ojos. Y si puedo darte algo, si a pesar de todos mis problemas y situaciones complicadas, me queda algo para dar, te lo daré. Los buenos días, una sonrisa, comprensión.

Te lo daré aunque sea porque quizá, algún día, conozca de cerca tu situación; entonces necesitaré ayuda, y mi esperanza serán otros que, a lo mejor, son indiferentes.

 

PJ

M

Hoy ha sido un jueves de los que te golpea la realidad de las personas sin hogar. Les veo un par de horas una vez a la semana, sonreímos mucho, me cuentan algo de su semana y lo pasamos bien un rato juntos; es difícil darse cuenta de que su realidad es tan distinta, tan dura y deshumanizada.

Nada más llegar nos han contado que M. ha muerto. En La Vanguardia han publicado la noticia: “Muere un ‘sin techo’ apuñalado mientras dormía en unos jardines de Barcelona”. En realidad, M. no era un sin techo al uso.

M. llegó a la estación de Sants hace unos meses. Su mujer, después de muchos años de enfermedad, había muerto hace poco. Su hijo se había ido de casa hace años porque no podía soportar la enfermedad de su madre. M. se había puesto en contacto con su hijo al morir su madre y habían decidido reencontrarse en Barcelona. Al llegar a Sants, M. me explicó que se quedó dormido, y que mientras dormía le robaron todo. Otros amigos de Sants nos asentían cuando les contamos esto, nos decían que no es la primera vez que lo han visto, y que no será la última. Así, M. se había encontrado en la calle, sin posibilidad de volver a Jaen y sin posibilidad de encontrar a su hijo.

Parece ser que durante estos meses de verano, diferentes personas estaban buscando al hijo de M., que M. había encontrado una pareja con la que estaba bien y que si le daban bocadillos en algún sitio los llevaba para que comiesen todos.

Ha sido duro recordar la situación a la que se enfrentan cada día, y lo fácil que es, de un día para otro, encontrarse en la calle, con todas sus consecuencias. Ha sido duro leer en la noticia el anonimato de M. Ha sido duro encontrarnos con sus amigos y conocidos y ver su tristeza. No puedo ni imaginarme cómo se sienten ellos.

PJ

Al otro lado del cristal

DaT es cuestión de aprender a mirar.
De primeras no es fácil, yo no sabía. ¿Qué más da charlar un rato con alguien? Por estar diez minutos, quince, dos horas,… hablando con alguien que vive en la calle, no le vas a cambiar la vida. No se van a resolver sus problemas (en la mayoría de los casos ni siquiera sé qué problemas son esos), no va a encontrar trabajo, una casa, dejar el alcohol,…
Pero es que no es cuestión de eso. No vas a cambiar nada, no puedes solucionar nada.
La cuestión es mirar. Reconocer a esas personas que viven en tu ciudad, en el margen de tu rutina y de tus preocupaciones. Acercarte a personas que no ves porque las tapa tu realidad, porque están al otro lado de la ignorancia y la comodidad, de nuestras ideas y prejuicios. Y sólo hace falta pararse un poco, dedicar unos minutos a ajustar nuestra percepción.
Estas personas tienen una experiencia vital brutalmente diferente a la mía, no caben en mis esquemas, en mis ideas y expectativas. Te cuentan y no queda otra que callarse y escuchar, abrir los ojos y descubrir la realidad que existe al otro lado del cristal con el que nos aislamos habitualmente.
Es importante pararse y mirar, esforzarse por romper los estereotipos, no dejarse llevar por nuestra visión deformada. Ellos lo agradecen tanto… Ahí nos esperan cada jueves. Se saben nuestros nombres. Somos su vínculo con un mundo que les quiere olvidar.
PJ

Enfados, penas y miradas al infinito

Enfados, penas y miradas al infinito

Ayer me enfadé, y mucho.

Era jueves y, como tal, salimos a la calle a visitar a aquellas personas que nos esperan en los cajeros. Nos esperan para compartir un ratillo sentados en un banco o en sus -estos días- ya calurosas ‘casas’.

Iba a ser un buen día, quizá incluso lo fue en general, pero dos pequeñas tonterías me hicieron mucho daño. Aunque no solo a mí, a mi amigo que vive en la calle también, y eso me fastidia aún más.

Íbamos a visitar a R.. Llevamos viéndole más de dos años y no ha sido hasta hace poco que hemos empezado a tener un trato mucho más cercano con él. A veces, simplemente nos echaba sin que nos hubiera dado tiempo a saludarle. Ahora nos considera amigos y también, entre risas, ‘los tontos del bocadillo’, pero vemos que nos quiere, nos escucha, y se siente tranquilo y en confianza cuando estamos con él. Se puede desahogar y nos puede comentar sus problemas o sucesos de la semana, a Cristina, ayer también a Oriol y a servidor. Anna ya se ha ido. Nosotros sabemos que vamos a eso, y lo hacemos con muchísimas ganas.

Lo dicho, me enfadé mucho.

Ayer fue el día de los saludos.

Primero se acercó la señora que ya conocemos de Arrels cuyo hijo acostumbra a traerles algo de comer a los del cajero. Muy buena mujer que quiso saludar a R. y de paso a nosotros. Luego llegó un hombre amable, también a saludar. Y luego la policía, a quien alguien había llamado. Y ella, la policía, sin previo aviso y sujetando la puerta del cajero junto a la que sentábamos, habló de un tal ‘indigente’ por la radio.

‘Indigente’ repitió luego R. cuando ésta ya se había ido. ‘Al menos no me ha dicho vagabundo’, continuó mirando al infinito. Nosotros no dábamos crédito. Vergüenza me daba pertenecer a este primer mundo que banaliza a los pobres, los invisibiliza y los trata como cosas. No pretendo culpar o criticar a la policía, no creo que tenga la menor idea de lo que dijo. Seguro que no. En realidad esa palabra es correcta, pero tiene connotaciones muy negativas. Y eso ya es un problema. No vemos lo que son, no tenemos constancia de que a lo mejor escuchan o de que siguen siendo personas con sentimientos. No son útiles y por lo tanto, se les trata como si no tuvieran valor. ¡Craso error de la sociedad! ¡Qué pena! Y qué momento más duro cuando ves, en primera persona, cómo R. se queda ensimismado y dolido. Una patada más en su currículum. Una muestra menos de cariño y una más de lejanía, de olvido, de deshumanización, ¡mal! ¡Muy mal!

Para colmar el vaso, apareció una mujer más por la puerta. Sin apenas mirar a R. se dirigió a Cristina. ‘¿Le vais a convencer?’ se dignó a espetar. No sabíamos a qué se refería. ‘Este señor lleva todo el invierno en la calle, ¿le vais a convencer a que se vaya a un albergue o ‘algo’?’.

‘¿Convencer de qué?’ luego pensaba R. de nuevo en voz alta.

Convencer a la señora de que no debe hablar sin saber, de que no son las cosas tan fáciles como le enseñaron a ella o de que tiene que aprender a abrazar a los necesitados.

JVB

Desde fuera

Cuando uno mejor se siente es cuando no piensa en sí mismo. Me lo han dicho muchas veces, hago la prueba y, ¡oye! Es verdad. Todos lo hemos experimentado y es así. Es empíricamente cierto.

El caso es que en Barcelona, y en muchas partes del globo, pero hablo de lo que sé, hay gente que tiene esta premisa metida en la cabeza, y lo que es mejor, la llevan a cabo. Jóvenes que, por una tarde al menos, se olvidan de sí mismos y se dan. Y piensan en los demás de la forma más libre y gratuita que puedas imaginar.

Está de moda eso del juernes, el botellón y los garitos de Aribau, pero no, deciden olvidarse y saltar a la calle, a por esas personas del cuarto mundo, a estar con ellas. Sin más: ¡woa!

El cuarto mundo. Un mundo que de verdad existe y que es invisible. No se les oye, ¡qué va! Si te despreocupas incluso no les ves, y si les ves, puede que no repares en ellos. Son personas, empezamos por ahí, que viven en la calle. Punto. Levanta tu cabeza. Eso que ves ahí, que te tapa, que evita que el calor se escape o que las gotas entren, eso, de primeras, no lo tienen. Por decir algo físico y fácil de dibujar en nuestras mentes.

Si quieres puedo seguir. Gírate. Saluda a tu madre, a tu pareja o a tu amigo. A tus hijos o a tus hermanos. O no saludes a nadie, pero coge el móvil y desliza el dedo por la lista de contactos de tu whatsapp.

Nada. Nada de lo que he dicho existe en el cuarto mundo.

Es un mundo frío en verano y en invierno. Es un mundo solitario y marginado en medio de la sociedad, envuelto en el tumulto de las ciudades desarrolladas. Es un mundo duro, muy duro. Y al que no es tan difícil de llegar.

Si te fijas y si pones esfuerzo. Si dejas de mirar hacia ti, si agudizas el oído o afinas bien la vista, verás…

Verás un mundo entero, un mundo nuevo que, de verdad te digo, te está esperando.

Y lo dicho, hay jóvenes que emplean la tarde-noche de los jueves para andar por las calles saludando y entablando verdaderas relaciones humanas con personas que viven en la calle. Marginados sociales con sus preocupaciones personales, sus dudas y sus penas. Porque no hace falta ser rico para dar, no hace falta ser el mejor, no, no hace falta ser nadie especial para dar. Pero sí que hace falta ser humilde, hace falta tener sensibilidad, hace falta no tener prejuicios o vergüenza para compartir banco, cajero o esquina de una calle. Hace falta alegría y fuerza, empatía y ganas. Hace falta todo eso para salir a la calle y meterse de lleno en el cuarto oscuro.

Y eso es lo que tienen estos jóvenes. Me enorgullece conocerles. Me encanta haber estado cerca de estas personas y haber ido con ellas a ayudar, a conocer gente y a llevar con ellos cargas muy pesadas de los que viven en la calle.

Da-T en todos sus miembros es uno de estos sitios que te ayudan a abrir los ojos. Que te dan una torta en la cara y te dicen: no veas, mira; no oigas, escucha.

Hay tanto por hacer, ¡tanto! Empecemos por casa, y luego pasamos a la esquina. Ahí en el cajero, esa persona tiene un nombre y una historia. Date a ella, date cuenta.

No lo hagas por ti, hazlo por ellos.

JVB

(Com)partir el pan

La mirada de misericordia es necesaria para que dejemos de ver a los marginados de nuestra sociedad como culpables y merecedores de su propia suerte, y pide al ser humano una acogida sin condiciones

En “Revolucionemos el mundo desde el afecto y la ternura”, Papeles, CyJ n. 197

Reflexión breve, peregrina, pero necesaria. Llevamos un año visitando a nuestro amigo Elvis—contando esos períodos de ingravidez en los que nuestro amigo desaparece, por azar o por infortunio, para aparecer un tiempo después y poder así templar nuestras ansiedades y dejar de estar tan preocupados por él. Elvis es un tipo extraordinario, quizás anclado a un mundo que nunca le ha sido excesivamente favorable, pero con un corazón de oro.

El jueves pasado le encontramos en un banco, sentado. Cuando nos vio se levantó y vino hacia nosotros alegre, como siempre: en nosotros se siente tranquilo y contento. Y nosotros con él sentimos lo mismo. Nos contó que el día anterior había venido la televisión y algunos reporteros de un diario, y que le habían preguntado si podían sacarle y hacerle una breve entrevista. Él, entregado a su valiente personaje y nunca tímido, aceptó sin pensárselo dos veces. Lo que no esperaba era que al día siguiente todos los vecinos y conocidos del barrio le pararan y le dijeran: “¡Hombre Elvis! ¡Pero si ayer te vi en la tele!”. Nos contaba esto entre risas, no se lo creía: famoso por un día. Pero lo decía con un punto de vergüenza, o con un punto de “pero si ha sido una tontería”. Elvis nunca se crece, más de una vez nos ha dado lecciones de humildad.

Casualmente nos habían dado unas cuantas cajas de galletas ese día, y le ofrecimos un paquete. “No, no, yo ya he cenado—contestó—. Id y dárselo a M. que está en ese cajero”. Nos señalaba la dirección. Y nos lo repitió varias veces. Al parecer a M. le gustan mucho las galletas y encima últimamente no está pasando una buena época.

A veces las palabras no consiguen expresar la fuerza de un instante. No es la primera vez que Elvis nos redirige a alguno de sus “colegas” para que le demos algo de lo que nos ha llegado, y de lo que él puede prescindir. No estoy seguro de la reacción de otros, ni si quiera de la mía, si estuviera en la piel de Elvis. Seguramente me lo quedaría todo, para otro momento en el que me fuera necesario. Una buena distribución individual de mis escasos bienes. Elvis no. “Dádselo a Fulanito, buscad a Menganito por allí…”. Juan Crisóstomo lo tenía claro: “el estómago lleno ignora al hambriento: sólo quién pasa hambre reconoce la necesidad ajena en la suya propia”. Nada más simple, nada más verdadero.

Está claro que, día a día, uno sigue fascinándose. Ojalá sigamos haciendo de Da-T un camino para el (re)descubrimiento de todos mediante la ternura y el afecto.

J.

 

Una vida a la intemperie

“Mi mano derrochadora tuvo que alargarse con vergüenza suplicando una limosna. El estampido del descorche del champán fue silenciado por los truenos de las tormentas a la intemperie. Las risas y los besos fueron sustituidos por miradas de desconfianza, de desdén o de aversión. Seca el alma, no me quedaba más que la piel en los huesos. La ropa me colgaba como los harapos de un espantapájaros. Solamente mi sombra me recordaba que yo seguía existiendo”.

IMG_0937

Podría explicar quién es Miguel Fuster, aunque me parece que sus escritos, sus cómics, citas como la que acabo de daros, son la mejor manera de conocerle. Miguel fue dibujante de éxito en la época de los 70’. Viajó, trabajó para revistas extranjeras, vivió la vida hasta algún límite tal vez algo excesivo. Pero una cadena de circunstancias, que empezó con el incendio de su casa, acabó dejándolo en la calle. Muchos de los amigos que creía tener resultaron no serlo tanto, y su situación de sinhogarismo se vio agravada por la adicción al alcohol. El alcohol empezó siendo la manera de evadirse del mundo, pero casi acaba terminando con él. Como Miguel suele decir: “ahora soy alcohólico en abstinencia”.

Compartimos hace apenas un mes una sesión con Miguel Fuster—siempre acompañado por el fiel Juan Lemus, fotógrafo de profesión y colaborador de Arrels. Distendido, muy hablador, nos explicó lo que libremente quiso de su vida y experiencias, en aras de que nosotros podamos mejorar aún más en nuestro compromiso con las personas sin hogar. La segunda parte fue una ronda de preguntas, como no podía ser de otro modo. Porque Miguel es un pozo sin fondo, ha vivido de todo (y mucho de lo vivido es tremendo); pero a su edad, no le falta fuelle. Todos nos metemos en menos de un minuto en su discurso, todos palpamos todo eso que Miguel nos cuenta con detalle. Tiene una memoria prodigiosa. Y se nos escurre el tiempo.

IMG_0952

IMG_0958

La vida de Miguel es la propia de una montaña rusa. Subió y bajó en lo que tarda en desplomarse un edificio que sufre un potente terremoto bajo sus pies. Se resquebrajaron los fundamentos que le sostenían y pasó más de quince años arrastrándose por las calles de Barcelona y alrededores. Gracias a Dios nunca perdió la lucidez—lucidez que queda perfectamente reflejada en los tres cómics que relatan su vida. Siendo sin hogar sufrió agresiones, sufrió lo esclavo del alcohol, sufrió centros de rehabilitación que nunca daban su fruto.

Y llegó el día. Aquel día en el que los amigos de Arrels le tendieron una mano, que Miguel aceptó. Se veía muerto en poco tiempo. Ya no tenía fuerza vital. Pero se dejó ayudar y poco a poco y con mucho esfuerzo, ha ido enderezando su vida: ha salido de la calle, ha dejado el alcohol, ha conseguido trabajos pequeños como dibujar las viñetas del 20 minutos.

Nosotros miramos y escuchamos asombrados. Su coraje ilumina, su testimonio es esperanza para tanta gente que está en la situación en la que Miguel estuvo y que no consigue ver la luz. También es esperanza para nosotros y todos los voluntarios, que nos anima a seguir luchando contra una condición tan inhumana como lo es el sin-hogarismo.

Miguel se muestra cálido. Es una persona normal, en un mundo que a veces muestra su cara más desagradecida. Nos sentimos muy agradecidos que gente como él tenga el valor de enfrentar sus fantasmas, contar su experiencia y ayudar a todos los que intentan salir de situaciones como la que él vivió.

Gracias Miguel por tu esperanza.

PD. Aquí os dejo dos links imprescindibles. El primero, a la Fundación Arrels, gigante que lleva ayudando durante tantísimos años a gente que vive en la calle (http://www.arrelsfundacio.org/es/). El segundo, al blog de Miguel (http://miquelfuster.com/). Sus letras son extraordinarias, pero de sus dibujos no se puede decir menos: los rostros hablan y muestran en su trazo el desgarro que el protagonista vivió en primera persona. Vale la pena hacerse con algún ejemplar de sus tres cómics, recomendación personal (¡adquiribles en tiendas y en la misma Fundación Arrels!).

J.

 

Sarrià imparable

Nos lo han puesto difícil pero, al fin, Sarriá está de enhorabuena.

Han pasado muchas cosas desde la última vez que se escribió sobre Pedralbes (ahora Sarriá). Algunos quizá recordaréis cuantos amigos hemos tenido por aquí y formaban esta ruta: A, R, R Jr, V, J.P, P o E.G. Pues todos ellos tarde o temprano han ido desapareciendo. Aunque en algún caso puede que sea para mejor, no podemos dejar de sentir una pena tremenda. A veces incluso nos lo tomamos a risa (el que más conexión tiene con Ignacio termina por desaparecer…)

Hemos caminado mucho buscándolos o intentando encontrar a nuevos amigos, pero durante mucho tiempo nos hemos quedado resignados y con los bocadillos en la mano.

Es verdad que nunca nos han fallado los incondicionales de la ruta: G.P y J. Éste último tiene, además, una categoría especial en nuestros corações. Es un amigo de pura cepa. Compartimos mucho rato con él y últimamente, con Álvaro a la guitarra, tenemos un buen repertorio de música con el que mover el esqueleto. “In the jungle” es nuestro tema estrella. ¡Hasta hacemos coros! Y el flamenquito nos desata.

Al fin, tras meses de lucha, la ruta de Sarriá está de enhorabuena. Hemos encontrado gente nueva, ¡cinco! I, J.H, J.U, R.G y M.T ¡Y reencontrado a J.P en mejores condiciones! Con estas noticias, la alegría impregna las calles de Sarriá, o, al menos, a los que formamos la ruta. Hemos resurgido. ¡Ya me había olvidado de lo especial que es conocer a gente nueva!

MC

Las velas del recuerdo

“Ya hace tiempo que he dejado de compadecerme por las miles de humillaciones que han querido infligirme y que he ido almacenando en el fondo de mis bodegas de desgracia. Pero jamás llegaré a comprender a esas personas que al solicitarles una limosna nos ignoran absolutamente. Ni una negativa verbal, ni un gesto disuasorio, ni una mirada. Nada.”

Miguel Fuster, Miguel. 15 años en la calle.

Lo teníamos todo preparado. El jueves S cumplía 58 años, así que le llevábamos un pastel, además de lo que la semana pasada nos había dicho que quería cenar: ¡pollo con patatas! Menú especial para días especiales.

Nos sorprendió no encontrarlo en sus bancos habituales de Travessera, así que nos dirigimos al cajero en el que suele refugiarse cuando tiene frío. El clima estaba siendo clemente ese día, pero ahí estaba S en su cajero, estirado en una especie de duermevela.

“¡CUMPLEAÑOS FELIZ, CUMPLEAÑOS FELIZ…!”. Poco a poco se espabila y se incorpora, soplando las velas casi por inercia. Después de dejarnos los pulmones, Mercedes le da el plato combinado que le habíamos traído. El pollo le sirve a S de contacto con el mundo empírico, el olor le devuelve a la realidad y nos situamos de una vez por todas en el pequeño espacio del cajero, al que ya miramos con ojos más que acostumbrados.

“L’A.D m´ha donat records per vosaltres”—nos dice S—“li he tornat a deixar el carnet de la biblioteca perquè tregui pel·lícules”. Sorprendente: desde que le operaron y está en su apartamento, A.D se ha vuelto cinéfilo. “Estic més sol que un mussol”, añade S. Se alegra de que A.D tenga una pequeña pensión, pero le echa un poco de menos.

Después de un rato, entre trozo y trozo de pollo, S se ilumina y, mirándonos cariñosamente, nos pregunta: “però… i tot això per què?” ¿Cómo? ¿Tot això perquè? Sí, así es nuestro amigo: vive en su mundo y de vez en cuando le da por aterrizar. “¡S! ¡Es tu cumpleaños!”. S no acaba de creérselo, o al menos no parece reaccionar. “Mira! Treu el teu DNI! Avui és dia 15!”. Los movimientos se vuelven lentos, S saca su cartera y le echa un ojo a su DNI. ¡Bingo! Hoy es su cumpleaños.

Nadie dijo que el reconocimiento fuera algo fácil. A S se le caen las lágrimas: no se acordaba ni de qué día era ni, mucho menos, de que era su cumpleaños. Todos sentimos, por momentos, un desgarro interior. Hay un peligro latente, que aflora cuando soledad y olvido deciden darse la mano.

Pero todo lo angustioso del momento pasó a segundo plano en pocos minutos, cuando S sonreía (aún con algún que otro reflejo de agua en los ojos) y nos daba las gracias por ese pequeño detalle. No sólo eso, ¡sino que nos pidió volver a soplar las velas! Así que ahí nos tenéis a todos, volviendo a cantar el cumpleaños feliz, y a S encantado con su pastel y su pollo, soplando las velas de nuevo y pidiendo como deseo tener buena salud.

Seguimos de fiesta un rato, con nuestro amigo de Olesa de Montserrat, que animado nos cuenta una ronda de chistes. Ahora es él quien nos anima a nosotros. Y cuando vemos que guarda un poco de su cena en el tupper, y se le van apagando las revoluciones, decidimos dejarlo descansar. Todos los mortales necesitamos dormir. Así que nos hacemos una foto del momento para que ese día nunca se nos olvide a ninguno de los presentes y nos despedimos. S nos confía una mirada de paz y se acuesta sobre sus mantas. Acurrucado, él se queda con nuestros buenos deseos y nosotros con su esperanzadora sonrisa.

MF & J.